miércoles, 1 de agosto de 2012

EL ABUELO Y EL NIETO (cuento)

Le dijo el niño a su abuelo
- Abuelito, abuelito, ¿qué es la vida?

El abuelo le miró con ojos tiernos, le alborotó el pelo, le sonrió desde el fondo de su corazón, y le dijo:
- Mira Fernando, para unos, la vida es como esta hoja que ves en el suelo. Ahora todavía está verde y preciosa, pero en su interior ya está marchita, está muerta. Por mucho que quiera vivir, ya es tarde para ella. Y poco a poco irá languideciendo más y más hasta convertirse en polvo. Esa hoja, no obstante, pasó por otras fases. Creció fuerte y sana, sin miedo a lo que se iba a encontrar ahí fuera. Nació en forma de brote. Verde, fuerte, joven. Atrevida. Incluso insolente. Después de unos primeros días, explotó, y comenzó a crecer a lo ancho, a expandirse más y más. Tanto cuanto pudo. Y entonces descubrió que algo pasaba. El viento y el agua, que hasta entonces le habían divertido y refrescado, comenzaron a molestarle. A complicarle la existencia. Ahora, con su nueva envergadura de hoja y su mayor superficie, el viento la zarandeaba de un lado a otro, y el tallo estaba constantemente trabajando para mantener el equilibrio. Cuando llovía, tanta era su superficie, que el agua se acumulaba, y de nuevo el tallo tenía que soportar un peso mayor que aquel para el que estaba preparado. Y llegaron las nieves y las heladas, y el tallo, cansado de tanto bregar contra la adversidad, desistió en su lucha por conseguir el equilibrio, se despegó del árbol y cayó al suelo.

Pues así es la vida, querido Fernando. Nacemos con fuerza, brío e ímpetu, y disfrutamos de todo lo que nos ocurre, ajenos a los problemas. Todo tiene solución, todo es relativo, y cada momento es maravilloso. Pasamos de niños a adolescentes y comienzan nuestros primeros problemas. Lo que antes nos encajaba, ahora deja de hacerlo. Nuestros padres ya no son tan maravillosos, el colegio es un castigo y los cambios de crecimiento ahora son molestos y no los entendemos.

Y seguimos creciendo. Y llega un momento en que no sabemos qué hacer con nosotros mismos, pero ahí seguimos. Seguimos luchando, y hacemos muchas cosas, por el simple hecho de que hay que hacerlas, sin cuestionarnos nada más. Y así seguimos hasta que llega un momento en el que no podemos más y nos dejamos llevar. Y aunque aparentemente estemos vivos, porque respiramos, estamos muertos, como esta hoja de árbol que tengo entre las manos. Sin esperanza, recordando tiempos pasados y arrepintiéndonos de lo que hicimos, y, especialmente, de lo no hicimos, generalmente por el miedo al qué dirán, y especialmente, por no llevar la contraria a alguno de nuestros seres queridos.

Pero hay otra forma de vivir, querido nieto, porque, afortunadamente no somos hojas de árbol. Y después de crecer y disfrutar como niños, y sufrir con los cambios de la adolescencia, y salir del túnel de nuestros primeros pasos en la confusa edad adulta, podemos elegir. Podemos elegir buscar. Buscar fuera y buscar dentro. Podemos llegar a la conclusión de que hay más opciones que dejarse llevar por las masas y marchitarse poco a poco. Podemos buscar en nuestro interior y encontrar un mundo rico de emociones y sentimientos, que no son otros que los de nuestro niño pequeño. Nuestro pequeño guía que nos hará entender lo que hacemos. Que nos ayudará a valorar si lo que tenemos que hacer merece o no la pena, si realmente deseamos hacerlo, o lo hacemos por quedar bien con alguien. Si nos estamos divirtiendo en cada momento que vivimos. Si estamos haciendo todo lo posible para que cada uno de los momentos que vivimos valgan la pena. Si cuando lo sentimos, decimos te quiero, o acaso lo guardamos para otro momento, momento que nunca llega. Momento perdido por lo tanto.

Esa es la otra forma de ver la vida, Fernando. La que te invito a vivir. La que espero que vivas y disfrutes, porque, créeme, ESA, sí vale la pena vivirla.

Y el niño, a pesar de no haber entendido nada, hipnotizado por el tono de voz y la mirada sabia de su abuelo, se fundió en un mágico abrazo con él. Y una luz blanca y pura se encendió en el planeta tierra.

Una luz que está en el corazón de todos y cada uno de nosotros, esperando a que, con un simple gesto, pulsemos el interruptor que la encenderá y nos hará VIVIR. VIVIR CON MAYÚSCULAS.



"La Navidad no se trata de abrir regalos, se trata de abrir nuestro corazón"
JANICE MAEDITERE